Desde que llegamos al mundo, nos vemos sometidos a los criterios de la sociedad. Sometidos a la “normalidad”. A ojos de cada uno esta tiene una forma y unos límites de lo aceptable y lo que no. Blanco o negro. Cada individuo tiene su batalla particular ahí. Luego están los que se mueven en la escala de grises.

¿Qué pasa con el que se “ve” “normal”, pero por dentro hace esfuerzos titánicos por esa normalidad? Al que no puede evitar que la pierna le dé saltitos. Al que da igual cómo lo haga, pero no está cómodo si se sienta “normal” en una silla. Al que le incomoda mirar a los ojos al hablar, pues hace que pierda el hilo de lo que piensa. Otro, que cada vez que llega a casa después de una interacción social siente que lo han drenado de toda energía, y necesita varios días de aislamiento para poder volver a la “normalidad”. El individuo que no puede evitar interrumpir en las conversaciones, al que no saca motivación de nada, al que no sabe ya qué hacer para evitar el juicio ajeno.
Aquí ya no hablamos de normalidad o raro. Aquí hablamos de neurotípicos y neurodivergentes. 
Porque el mundo y la humanidad es mucho más grande y diversa de lo que nos habían contado. Y en este hay espacio para todos.
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